ORACIONES DEL DÉCIMO DÍA
En
despreciando el mundo, es dulce cosa servir a Dios
Otra vez hablaré, Señor, ahora, y no callaré. Diré en los
oíd.os de mi Dios, mi Señor y mi Rey, que está en el cielo:
¡Oh Señor, cuán grande es la abundancia de tu dulzura, que
escondiste para los que te temen! Pero, ¿qué eres para los que te aman, y qué
para los que te sirven de todo corazón?
Verdaderamente es inefable la dulzura de tu
contemplación, la cual das a los que te aman.
En esto me has mostrado singularmente tu dulce caridad,
en que cuando yo no existía me criaste, y cuando erraba lejos de Ti, me
convertiste para que te sirviese, y me mandaste que te amase.
¡Oh fuente de amor perenne! ¿Qué diré de Ti? ¿Cómo podré
olvidarme de Ti, que te dignaste acordarte de mí aun después que yo me perdí y
perecí?
Usaste de misericordia con tu siervo sobre toda
esperanza, y sobre todo merecimiento me diste tu gracia y amistad.
¿Qué te volveré yo por esta gracia? Porque no se concede
a todos que, dejadas todas las cosas, renuncien al mundo y escojan vida
retirada.
¿Por ventura es gran cosa que yo te sirva, cuando toda
criatura está obligada a servirte?
No me debe parecer mucho servirte, sino más bien me
parece grande y maravilloso que Tú te dignaste recibir por siervo a un tan
pobre e indigno y unirle con tus amados siervos.
Tuyas son, pues, todas las cosas que tengo y con que te
sirvo.
Pero, por el contrario, Tú me sirves más a mí que yo a
Ti.
El cielo y la tierra que Tú criaste para el servicio del
hombre, están prontos, y hacen cada día todo lo que les has mandado; y esto es
poco, pues aun has destinado los ángeles para servicio del hombre.
Mas a todas estas cosas excede el que Tú mismo te dignaste
servir al hombre, y le prometiste que te darías a Ti mismo.
¿Qué te daré yo por tantos millares de beneficios?
¡Oh! ¡Si pudiese yo servirte todos los días de mi vida!
¡Oh! ¡Si pudiese solamente, siquiera un solo día, hacerte
algún digno servicio!
Verdaderamente Tú solo eres digno de todo servicio, de
toda honra y de alabanza eterna.
Verdaderamente Tú solo eres mi Señor, y yo soy un pobre
siervo tuyo, que estoy obligado a servirte con todas mis fuerzas, y nunca debo
cansarme de alabarte.
Así lo quiero, así lo deseo; y lo que me falta, ruégote que
Tú lo suplas.
Grande honra y gran gloria es servirte, y despreciar todas
las cosas por Ti.
Por cierto, grande gracia tendrán los que de toda voluntad
se sujetaren a tu santísimo servicio.
Hallarán la suavísima consolación del Espíritu Santo los
que por amor tuyo despreciaron todo deleite carnal.
(Imitación de Cristo, libro III, cap. 10)
***
Veni, Creator Spiritus
Ven, Espíritu Creador,
visita las mentes de tus siervos,
llena de la gracia de lo alto
los pechos que Tú creaste.
Tú, que eres llamado Paráclito,
don de Dios altísimo,
fuente viva, fuego, amor,
y unción espiritual.
Tú septiforme en el don,
dedo de la paterna diestra,
Tú, auténtica promesa del Padre,
que enriqueces las lenguas con palabras.
Enciende lumbre en los sentidos,
infunde amor en los corazones,
corroborando con vigor constante
la fragilidad de nuestro cuerpo.
Rechaza más y más lejos al enemigo,
concede prontamente la paz,
yendo así Tú delante como guía,
evitemos todo mal.
Haz que por ti conozcamos al Padre
y conozcamos también al Hijo
y por ti, Espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.
A Dios Padre sea la gloria
y al Hijo, que entre los muertos resucitó,
y al Paráclito
por los siglos de los siglos. Amén.
Ave Maris Stella
Salve, Estrella del mar,
Madre, que diste a luz a Dios,
quedando perpetuamente Virgen,
feliz puerta del cielo.
Pues recibiste aquel Ave
De labios de Gabriel,
ciméntanos en la paz,
trocando el nombre de Eva.
Suelta las prisiones a los reos,
da lumbre a los ciegos,
ahuyenta nuestros males,
recábanos todos los bienes.
Muestra que eres Madre,
reciba por tu mediación nuestras plegarias
el que, nacido por nosotros,
se dignó ser tuyo.
Virgen singular,
sobre todos suave,
haz que libres de culpas,
seamos suaves y castos.
Danos una vida pura,
prepara una senda segura,
para que, viendo a Jesús,
eternamente nos gocemos.
Gloria sea a Dios Padre,
loor a Cristo altísimo
y al Espíritu Santo:
a los tres un solo honor. Amén.
Magníficat
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador,
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí
y su nombre es santo.
Y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación
sobre los que le temen.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes;
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Acogió a Israel su siervo,
acordándose de su misericordia
-como la había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham
y su descendencia para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
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